Rectorado Fundacional
Secretaría Académica y Dirección de Estudios de FESMRC
Es un profundo orgullo para la Fundación de Estudios Superiores Multidisciplinarios (FESMRC) P.I.U. Publio Virgilio Marone educar alumnos que demuestran, día a día, que las fronteras no existen. Para nuestra comunidad educativa es un verdadero placer compartir esta gran noticia y este artículo que marca un hito institucional. Este logro colectiviza y demuestra el nivel de calidad absoluto que nuestra Fundación ha alcanzado desde su nacimiento y que continúa construyendo con firmeza.
El camino trazado va hoy desde las aulas en la República Argentina directamente hacia los históricos canales de Venecia. Ximena Giraudi, alumna de segundo año, ha sido seleccionada entre los únicos 25 estudiantes aceptados mundialmente para formar parte del prestigioso Venice Curatorial Course (Curso Curatorial de Venecia).
A lo largo de su carrera, Ximena ha demostrado una rigurosidad intachable, una gran capacidad de desarrollo y una solidez notable en sus conocimientos adquiridos. Su calidad absoluta se ha reflejado de manera constante en la presentación de trabajos prácticos, proyectos integradores, exposiciones y presentaciones específicas.
Hoy, con el apoyo y el respaldo total de la Fundación de Estudios FESMRC, Ximena se encuentra actualmente viajando para concretar esta destacada actividad internacional, llevando el nombre de nuestra institución a uno de los epicentros culturales más importantes del mundo.
El acceso a los círculos más selectos del arte global no es una coincidencia; es el resultado directo de la excelencia académica y el esfuerzo individual. Para la Fundación de Estudios Superiores Multidisciplinarios (FESMRC) P.I.U. Publio Virgilio Marone, la aceptación de nuestra alumna de segundo año, Ximena Giraudi, en el exclusivo Venice Curatorial Course representa la consolidación de un modelo educativo de calidad absoluta. Formar parte de este programa internacional, que selecciona minuciosamente a solo 25 profesionales y estudiantes en todo el mundo, posiciona los estándares formativos de nuestra plataforma institucional fesmrc.org.ar al más alto nivel competitivo.
Este logro internacional es el reflejo de un trabajo arduo y una dedicación inquebrantable dentro de las aulas. A lo largo de su formación en la República Argentina, Ximena ha demostrado una rigurosidad analítica impecable y una notable capacidad de desarrollo teórico-práctico. Su desempeño sobresaliente en trabajos integradores, actividades de exposición y defensas conceptuales específicas no solo evidencia su talento, sino también el rigor metodológico y el acompañamiento docente que definen la propuesta educativa de FESMRC.
El Curso Curatorial de Venecia exige de sus participantes una visión crítica afilada y una sólida base en gestión cultural, requisitos que Ximena consolidó paso a paso a través de una exigente trayectoria institucional. Con el respaldo institucional de la Fundación, Ximena se encuentra actualmente viajando hacia los canales de Venecia. Este viaje no solo premia su sacrificio personal, sino que reafirma el compromiso de FESMRC de derribar fronteras geográficas y proyectar el talento local hacia los epicentros culturales más prestigiosos del mundo.
Entrevista a Ximena Giraudi
¿Ximena, cómo nació tu interés por la Curaduría y Gestión Cultural?
Creo que mi interés por la curaduría nació incluso antes de poder ponerle ese nombre. Mi vínculo con el arte comenzó desde la creación, como artista plástica, pero desde el año 2007, cuando empecé a trabajar profesionalmente dentro del campo artístico, descubrí que había algo que me atraía incluso más que la producción individual de una obra: todo el universo que se construía alrededor de ella. Me interesaba entender cómo funcionaba el ecosistema del arte: sus actores, los artistas, los coleccionistas, las instituciones, el mercado, los espacios expositivos y especialmente cómo todas esas partes podían integrarse dentro de una práctica curatorial.
Durante muchos años hubo un “para mí” que no tenía una explicación teórica. Era algo que se traducía en acciones concretas: saber con qué artistas quería trabajar, imaginar cómo una obra debía dialogar con un espacio, pensar cómo generar un encuentro entre artista, público y mercado. Hoy entiendo que muchas decisiones que tomaba desde la intuición eran decisiones curatoriales. Desde elegir una obra, pensar un montaje, acompañar a un artista, conversar con un coleccionista o construir una experiencia de exposición donde participaban todos los actores: desde quien montaba la obra hasta quien finalmente decidía incorporarla a su vida.
Muchas veces me encontré explicándole a un coleccionista la diferencia entre precio y valor. Siempre digo: “no me preguntes solamente cuánto sale una obra, preguntame cuál es su valor”. Porque el precio pertenece al mercado, pero el valor pertenece a una construcción mucho más profunda: la historia, el contexto, el artista, la emoción y la permanencia. Creo que ahí nació mi interés por la curaduría: en comprender que el arte no termina en el objeto. El objeto es muchas veces el inicio de una conversación.
¿Qué te impulsó a comenzar a estudiar Museología, Conservación y Restauración en FESMRC?
Creo que hubo una escena muy concreta que terminó de ordenar una inquietud que venía creciendo.
En distintas visitas a museos me empezó a pasar algo curioso: iba con amigas que no estaban vinculadas al mundo del arte y terminaba naturalmente explicando la muestra, el montaje, por qué determinada obra estaba ubicada de cierta manera, qué proponía el arte contemporáneo o qué diálogo estaba intentando construir ese espacio.
Hasta que en una visita a un museo de Buenos Aires sentí algo distinto. Me di cuenta de que si yo no hubiese estado ahí explicando, quizás parte de esa experiencia se perdía. No porque faltara interés del visitante, sino porque faltaban algunos puentes. No encontraba suficientes recursos de comunicación o mediación que permitieran que cualquier persona (no solamente alguien con formación previa) pudiera conectar, comprender y contemplar aquello que el museo estaba cuidando.
Esa pregunta fue el comienzo: ¿qué responsabilidad tenemos quienes trabajamos con arte para que esa experiencia suceda?
Después de casi veinte años trabajando desde la práctica, necesitaba darle un marco académico a todo ese recorrido. Había trabajado desde la intuición, desde la sensibilidad y desde la experiencia, pero necesitaba profundizar: comprender la historia, la conservación, el patrimonio, el funcionamiento institucional de los museos y la enorme responsabilidad que implica trabajar con bienes culturales.
Cuando encontré FESMRC sentí que era el espacio adecuado. Por el programa académico, por los contenidos y también por la posibilidad de estudiar a distancia sin que eso significara perder profundidad.
Necesitaba un desafío que estuviera a la altura de tantos años de ejercicio profesional en el campo. Y en FESMRC encontré exactamente eso: un lugar donde mi experiencia previa no quedaba afuera del aula, sino que entraba conmigo para ser cuestionada, ordenada y transformada.
¿Qué es lo que más te apasiona sobre esta profesión que es, en general, poco convencional?
Justamente eso: que no es convencional.
Muchas veces cuando digo que estudio museología me pasa algo muy gracioso. Hay personas que creen escuchar “musicología” y me dicen: “no sabía que querías dedicarte a la música”. Y ahí empieza una explicación que parece larga pero en realidad es corta: la museología estudia cómo cuidamos, interpretamos y comunicamos nuestro patrimonio cultural. o incluso más corta: Podes trabajar en un museo…
Después están quienes hacen silencio intentando encontrar en su memoria qué significa exactamente esta profesión. Y muchas veces disfruto ese instante. Me parece casi una pequeña performance involuntaria, como una experiencia efímera donde la persona busca referencias, recuerdos, imágenes.
Me apasiona justamente eso: que la museología trabaja con preguntas.
Un curador no solamente decide dónde poner una obra. Investiga, conecta épocas, artistas, objetos, comunidades y miradas. Creo que hoy la museología tiene un desafío enorme: ya no se trata solamente de conservar el pasado, sino de preguntarnos qué relatos estamos construyendo para el futuro. Y reconozco que ya perdí la cuenta de cuántas veces escribí en mis trabajos prácticos esta frase… Educar es una gran responsabilidad. Pero sostener el patrimonio cultural de una sociedad es una responsabilidad todavía mayor.
Como desarrollo en mi investigación sobre experiencia del visitante, una exposición no termina cuando una obra está correctamente conservada o exhibida. El museo también debe generar las condiciones para que esa obra pueda ser comprendida, habitada y recordada. Ahí aparece para mí la verdadera responsabilidad museológica.
¿Te has sentido cómoda estudiando en FESMRC? Considerando que has sido aceptada en el Venice Curatorial Course, ¿cómo observás la calidad académica de FESMRC?
Mi experiencia en FESMRC ha sido profundamente enriquecedora porque encontré algo que estaba buscando: un espacio donde mi recorrido anterior pudiera dialogar con una formación académica seria.
Después de tantos años trabajando dentro del arte, muchas veces me pasó que estudiando pude darle nombre a acciones que venía desarrollando hace años. Conceptos que aparecían en una materia o en una bibliografía y que me hacían pensar: “esto era lo que yo estaba haciendo, pero ahora entiendo desde dónde se sostiene”.
Creo que ese es uno de los grandes valores de la formación: no solamente incorporar conocimientos nuevos, sino ordenar y cuestionar los que uno ya trae. Muchas veces me encuentro intercambiando posiciones con los profesores sobre cuál es mi propia voz dentro de este campo. Porque también es cierto que cuando uno viene con tantos años de práctica trae conocimientos muy arraigados, pero también trae algunos vicios.
Mi mayor desafío hoy es justamente ese: encontrar mi voz como futura museóloga y curadora más allá de mi experiencia previa como artista, gestora o asesora. Integrar todo, pero desde una mirada más consciente. Y acá casi todo el mérito es de la Profesora Pusineri que no descansa en pos de que encuentre mi voz. Nadie en FESMRC nunca se va a cansar de acompañar y guiar.
Creo que una buena formación no es la que simplemente transmite información, sino la que transforma la manera en que uno mira. Y eso fue algo que me pasó en FESMRC.
Ser aceptada en el Venice Curatorial Course reforzó todavía más esa idea. Me permitió comprobar que muchos debates, conceptos y problemáticas que aparecen hoy en espacios internacionales ya estaban presentes dentro de mi formación. Y eso me parece muy significativo, sobre todo teniendo en cuenta que recién estoy transitando el segundo año de la carrera.
Creo que mi experiencia profesional abrió una puerta, pero el respaldo académico fue fundamental para poder atravesarla. Y siento que en FESMRC esa construcción académica es una prioridad.
¿Qué sentiste al ser aceptada, al recibir la noticia de aceptación, considerando que pocos realmente reciben esa oportunidad?
Fue una mezcla enorme de emoción, sorpresa y agradecimiento. También fue un proceso. Durante un tiempo trabajamos junto al Profesor Maximiliano Racciatti ordenando mi recorrido, mi CV, mis experiencias y la manera de presentar mi aplicación.
Y creo que eso fue muy interesante porque no fue solamente completar una postulación. Fue mirar hacia atrás y empezar a encontrar un hilo conductor entre cosas que quizás parecían separadas. Mi trabajo como artista, la gestión cultural, los proyectos curatoriales, la relación con coleccionistas, el mercado del arte y ahora la museología empezaban a formar parte de una misma historia. Cuando recibí la aceptación sentí que todo ese camino tenía coherencia.
Volver a estudiar de adulta tiene también un componente emocional enorme. Uno se pregunta si todavía hay tiempo para abrir caminos nuevos. Y una respuesta así te confirma que sí. Pero también lo sentí como un logro compartido. Esa es una de las cosas que más destaco de la institución: no sentí que estaba aplicando sola. Sentí que había una estructura académica acompañando y potenciando ese proceso. Fue un reconocimiento personal, pero también una gran responsabilidad.
¿Considerás que tu formación al momento está alineada con los aspectos del curso?
Sí, completamente.
El Venice Curatorial Course trabaja sobre metodologías curatoriales contemporáneas, desarrollo de exhibiciones, investigación, gestión de colecciones y el vínculo entre arte, cultura y comunidad. Y creo que justamente esos son los grandes temas que atraviesan hoy a la museología. Llego al curso con una base construida desde dos lugares: casi veinte años de experiencia práctica dentro del campo artístico y una formación académica que me está permitiendo revisar esa experiencia desde otro lugar. Creo que esa combinación es muy potente.
Voy a Venecia con conocimientos, pero sobre todo voy con preguntas. Y creo que eso es fundamental para cualquier persona que quiera trabajar en curaduría.
¿De qué manera influyó tu paso por nuestra institución en este logro?
Creo que FESMRC fue fundamental porque profesionalizó una búsqueda que ya existía. Me dio vocabulario, estructura y herramientas para transformar una experiencia personal dentro del arte en una práctica académica más consciente.
También me permitió comprender algo que hoy atraviesa toda mi mirada: trabajar con patrimonio y cultura implica una enorme responsabilidad. No gestionamos solamente objetos. Gestionamos memoria, identidad, relatos humanos y posibilidades de encuentro.
Un museo no es solamente un lugar donde se conservan cosas importantes. Es un espacio donde una sociedad decide qué recuerda, cómo lo cuenta y a quién invita a participar de esa conversación. Y ese espacio es nuestra responsabilidad generarlo y conservarlo. Ese cambio de mirada se lo debo en gran parte a mi formación.
¿Qué profesores, curadores o módulos te entusiasman más del programa?
Creo que lo que más me entusiasma, antes incluso de hablar de un módulo específico, es la posibilidad de aprender curaduría en Venecia, en ese lugar particular para el arte de Italia. Venecia no es solamente el lugar donde sucede el curso; es parte del aprendizaje de mi formación hoy. Es una ciudad donde conviven constantemente patrimonio, conservación, historia, turismo cultural, arte contemporáneo y los desafíos actuales de gestionar todo eso al mismo tiempo.
Además, esta experiencia sucede en un contexto absolutamente privilegiado: una ciudad atravesada por uno de los acontecimientos más importantes del mundo del arte, la Bienal de Venecia. Esa convivencia entre instituciones históricas, artistas contemporáneos, curadores, pabellones internacionales y proyectos independientes convierte a la ciudad en un enorme espacio de pensamiento. Me interesa especialmente poder trabajar y conversar con curadores internacionales, galeristas, artistas y profesionales que producen desde otros contextos culturales.
También observar algo que para mí es fundamental: cómo una idea inicial se transforma en una experiencia para el visitante. Porque una exposición no termina cuando la obra queda instalada. Ahí, de alguna manera, recién empieza. Empieza cuando alguien entra a la sala, cuando una persona se detiene, cuando decide leer, cuando conecta emocionalmente o incluso cuando no entiende algo.
Me interesa mucho estudiar ese momento exacto: qué ocurre entre la intención curatorial y la experiencia real del público.
¿En qué consiste exactamente tu interés principal en el Venice Curatorial Course y cuál es el enfoque principal que buscas del mismo?
Mi interés principal está en profundizar la curaduría contemporánea como construcción de pensamiento.
Para mí una exposición no es una suma de obras dentro de una sala. Es un relato. Es una decisión sobre qué queremos decir, cómo queremos decirlo y qué espacio dejamos para que otros construyan sus propias interpretaciones.
Me interesa especialmente la experiencia del visitante. Durante muchos años trabajé desde la práctica y hubo situaciones que quedaron guardadas en mi memoria sin que yo pudiera todavía explicarlas académicamente.
Recuerdo una visita al Rijksmuseum donde observaba personas detenidas frente a La Guardia de noche de Rembrandt. Al principio pensé que estaban descansando. Después entendí que estaban contemplando.
Muchos años después, estudiando museología, pude ponerle nombre a eso: comprendí que el museo no solo exhibe objetos, también genera comportamientos, tiempos y formas de encuentro. Mi búsqueda hoy pasa por entender cómo construimos esas condiciones. Cómo logramos que una persona que entra a una muestra no se sienta ajena, sino invitada. Cómo hacemos para que el patrimonio no solamente sea conservado, sino vivido.
Y creo que Venecia es un lugar excepcional para pensar estas preguntas porque allí conviven dos fuerzas enormes: la historia del arte y la producción contemporánea. Durante una Bienal no existen dos mundos separados. Conviven artistas, curadores, instituciones, mercado y visitantes dentro de un mismo ecosistema cultural. El desafío está en no perder de vista ese gran sol brillante que representa la Bienal, pero al mismo tiempo reconocer la identidad propia de cada proyecto, cada artista y cada relato.
¿Cómo ves el panorama actual de la curaduría y qué huella te gustaría dejar?
Creo que la curaduría atraviesa un momento fascinante, pero también un momento de mucha tensión y transformación. El arte contemporáneo está en diálogo permanente con muchos actores: artistas, instituciones, coleccionistas, inversores, casas de subastas, nuevos públicos y nuevas formas de comunicación. Los artistas y sus obras se reposicionan constantemente dentro de un sistema cultural y de mercado que cambia todo el tiempo. Creo que justamente ahí el rol del curador se vuelve fundamental.
El curador no debería ser solamente quien selecciona obras, sino quien construye puentes.
Puentes entre el artista y el público. Entre el pasado y el presente. Entre el patrimonio y las nuevas generaciones. Si pienso en una huella personal, creo que hay dos conceptos que seguramente van a acompañar mi camino: educación y experiencia del visitante. Me interesa una curaduría sensible, pero también responsable.
Una curaduría que entienda que no alcanza con poner una obra frente a alguien y esperar que algo suceda. Tenemos que crear las condiciones para que ese encuentro sea posible. Creo profundamente en volver a la contemplación. En recuperar ese momento casi básico y humano donde una persona se detiene frente a algo y algo le pasa. Para mí el arte funciona muchas veces como un espejo.
Cuando estamos frente a una obra, no solamente nosotros observamos. De alguna manera también esperamos que esa obra nos devuelva algo: una emoción, una pregunta, un recuerdo, una parte nuestra.
Y creo que cuidar ese encuentro es una de las responsabilidades más hermosas de esta profesión.
El Director Académico fue tu profesor también y nos indica que tenes un futuro brillante y que incluso el Museo Fundacional tiene tu perfil abierto, ¿cómo siente esto una futura curadora y museóloga?
Lo vivo con muchísima emoción, pero sobre todo con mucha gratitud y responsabilidad. Creo que una de las cosas más valiosas que encontré en FESMRC fue la posibilidad de tener docentes que no solamente transmiten conocimiento, sino que acompañan procesos.
Maximiliano Racciatti llegó a mi recorrido desde un lugar inesperado. No era alguien que estuviera dentro de mi radar profesional anterior y, sin embargo, se convirtió en una figura académica muy importante en esta etapa.
Siempre se manejó con muchísimo respeto hacia mi historia previa, pero también hacia mi lugar como alumna. Y eso para mí tiene muchísimo valor. Porque cuando uno vuelve a estudiar después de muchos años de trabajo, el desafío no es solamente aprender. También es permitirse volver a no saber. Y creo que un buen educador hace justamente eso: genera un espacio sólido donde uno puede cuestionarse, revisar, equivocarse, descansar en una guía y después volver con más fuerza. En mi caso, muchas veces no necesitaba incorporar solamente información nueva.
Necesitaba ordenar casi veinte años de experiencias, decisiones, intuiciones y conocimientos adquiridos en el campo.Que alguien desde la academia pueda mirar todo eso y decir: “acá hay un camino posible”, es profundamente movilizador.
Que una institución imagine mi perfil vinculado a un museo o a un proyecto futuro es un impulso enorme, pero también una invitación a seguir formándome con más compromiso. Tengo una historia dentro del arte, pero la museología abrió una puerta distinta. Hoy siento que estoy dejando de mirar solamente desde la obra y empiezo a mirar desde algo mucho más amplio: desde la responsabilidad de cuidar aquello que una sociedad decide conservar y transmitir.
¿Qué le dirías a alguien que cree que es tarde para volver a estudiar, cambiar de camino o reinventarse profesionalmente?
Primero creo que le diría que no estoy completamente segura de que la palabra “reinventarse” sea la que más me representa. Porque siento que reinventarse muchas veces parece implicar abandonar todo lo anterior y empezar desde cero. Y yo no creo que exista un nuevo cero. Creo que existe un “desde acá hacia adelante”.
Volver a estudiar a los 46 años fue para mí un acto de alto riesgo, y lo digo también con humor, porque implica ponerse nuevamente en un lugar vulnerable. Implica sentarse en un aula, aunque sea virtual, escuchar, preguntar, aceptar que hay cosas que no sabes y permitir que otros transformen tu manera de pensar.
Pero también fue un enorme acto de confianza. Mi experiencia como artista, mi trabajo en gestión cultural, los proyectos realizados, los errores, los aprendizajes y mi historia personal no quedaron afuera cuando entré nuevamente a estudiar. Entraron conmigo. Fueron las herramientas con las que llegué. Creo que nuestra experiencia aplicada en el lugar correcto puede convertirse en algo productivo no solamente para nosotros, sino también para otros. Puede transformarse en conocimiento compartido, en una guía, en un aporte social. El arte siempre me enseñó eso. Una obra puede cambiar de contexto, puede ser reinterpretada muchas veces y aun así conservar su esencia.
Creo que con las personas sucede algo parecido. Somos también un poco espejo del arte.
Cuando nos paramos frente a una obra, cuando montamos una exposición o cuando generamos un espacio para que otros contemplen, hay una relación de ida y vuelta. Nosotros observamos, pero también esperamos una devolución: una emoción, una pregunta, una referencia, un recuerdo.
El patrimonio funciona así: es una conversación permanente entre quienes estuvieron antes, quienes estamos ahora y quienes vendrán después. Hoy siento que estoy uniendo todas mis versiones: la artista, la gestora cultural, la estudiante y la futura curadora. Y quizás la parte más linda de todo este proceso sea descubrir que nunca fueron versiones separadas. Siempre fueron partes de un mismo camino que recién ahora estoy aprendiendo a nombrar.
Por Pablo Fermaggio
Fundación de Estudios Superiores FESMRC P.I.U. Publio Virgilio Marone